22 abril 2009

Maldito ADAN (los perros te odian)

Eva seguramente estaría horrorizada, triste, sin poder comprender las razones de tanta crueldad llevada a cabo por Adán. Pero éste es otro, es uno que en realidad se llama Asociación Defensora de Animales y que usurpó el nombre "adán" y que los medios de comunicación se encargaron de develar.

Dicen ayudar a los perritos, pero en realidad lucran con ellos hasta matarlos. Deben pesar 60 kilos y con suerte llegan a 30. Las costillas se les nota, los ojos están permanentemente húmedos, el rabo vive escondido y la suciedad no deja ver la otrora piel brillante.

"La Negra", una amiga que conocí en Pan de Azúcar (2006)

¿Cómo alguien puede hacer tanto daño a un animal? ¿No los atormentan los chillidos ahogados del hambre y la indiferencia? ¿No descubren cuánta humanidad hay en el comportamiento de un perro, de un amigo?



Hace tres meses un hecho lamentable de maltrato animal horrorizó a todo Chile y, mientras unos organizaban grupos para salvar las mascotas abandonadas en Chaitén, habían criminales que se hacían pasar por doctores y así asesinaban cientos de inocentes cuadrúpedos peludos.


Yo tuve mi regalón. El "Sly", el mismo que adorna el header de mi blog y que desde hace 31 meses descansa en paz, bajo un parrón, ajeno a tanta barbarie. Lo extraño y la forma de tenerlo siempre presente es nombrar a todos esos perros callejeros que encuentro en mi camino con su nombre.


"¡Sly!", les digo a los anónimos cachorros que no tienen la suerte de tener techo, cariño y comida. Les digo que desde el cielo un perro negro, más quiltro que ninguno, los cuida. Y por eso me irrita ver que exista tanta maldad con estos fieles e inocentes animales.


Me rehuso a aceptarlo y espero con ansias el día de la "Revolución de los Perros" que liderará el Sly desde alguna parte del universo.

20 abril 2009

Tutú, chacachaca


Me parece increíble (de no creer) el ir de viaje al sur de Chile en tren y, al mismo tiempo, conectado a internet desde mi notebook. Quién lo diría si hace 20 años atrás me encontraba en estos mismo vagones rumbo a Puerto Montt en una aventura que duró casi todo enero.

Con mochila al hombro recorrí cada pedazo de la Región de Los Lagos, urgando --junto a César Pedrini primero y junto a una treintena al año siguiente--, en cada camino, inventando senderos donde sólo había tierra, pernoctando en lugares donde el techo estaba lleno de estrellas, comiendo lo que en Santiago se bota a la basura, vistiendo harapos y tocando guitarra.

No exagero si escribo que fueron más de cien las anécdotas de ese viaje. Desde cambiar un rosario católico por dos empanadas hasta viajar en la parte de atrás de una camioneta junto a una Pastor Alemán y sus 6 cachorros recién paridos. Desde una tarde perdida en un camino sin nada ni nadie (donde pensamos que probablemente nos quedaríamos por siempre), hasta estar en un camión maderero con rumbo al norte.

Los recuerdos están llenos de códigos y, por ende, no viene al caso detallarlos. Sólo creo pertinente recordarle a mis neuronas cuando mañana ya no funcionen con tanta agilidad, que el pasado nunca se debe renegar. Que los lustrados zapatos de hoy son el resultado de las polvorientas zapatillas de ayer.

Hoy viajo en tren con tarjetas, dinero en efectivo, sumamente tecnologizado y con una habitación de hotel que me espera. Pero nada de esto tendría el sentido que le otorgo sin haber viajado a escondidas, sin dinero, escapando de las obligaciones y abrazado del viejo saco de dormir, el único que usé por 10 años en más de 30 viajes.

No sé cuánto ha cambiado el paisaje que acompaña estas palabras. Cuántos vivos y cuántos muertos quedan de esos años. Desconozco si queda gente que espera por el tren en estaciones perdidas. No sé si la lluvia que cae sobre estos fierros galopantes sige inspirando a poetas furtivos.

Ni sé dónde están gritando, riendo, conquistando, durmiendo, cantando y soñando los que ayer hacían todo eso conmigo en este vagón. Sólo puedo asegurar que quise salir al extremo del tren y me lo prohibieron. Que mi asiento tiene un número y éste debe coincidir con mi boleto. Que el romanticismo de antaño se esconde tras la modernidad eficiente (EFE-siente) actual.

Y por todo eso más abrigo mis recuerdos. Más amo mi memoria. Más disfruto lo vivido. Y por donde voy, cargo con lo que fui y construyo lo que soy, pues eso seré.

21 marzo 2009

Estoy en crisis

Bendita crisis, que transformas la arrogancia del hombre en humildad.
Maldita crisis, que arrasas con la dignidad de millones de seres humanos.

Amada crisis, que nos despiertas y nos das la oportunidad de generar cambios en nuestras vidas.
Odiada crisis, que remueves lo que parecía seguro y nos presentas un futuro incierto.

Crisis benigna, no termino de agradecer el que silencies las grúas que ayudan a cambiar la tierra por enormes estructuras de cemento.
Crisis maligna, deja de cambiar el sueño nocturno por intervalos de desvelos y castigas los estómagos de quienes más necesitan alimento.

Sin ti, crisis, quizá olvidaríamos que las valores más básicos del ser humano no se compran, no se venden, ni se inventan. Y que esa suma de valores son nuestra verdadera riqueza.
Contigo, crisis, puedo reencontrar oportunidades antes perdidas, despertar mis fuegos internos y desprenderme de todo lo que algún día clasifiqué como "vital" ó "necesario".

Me has mostrado tu mejor cara y yo hablo mal de tí cada vez que puedo.
A veces me olvido que estás entre todos y otras veces te considero en mi futuro.
Por las mañanas eres sinónimo de "caos" y por las noches de "cambio".
Te acepto a mi lado el tiempo que quieras, pero no oculto mi deseo de que partas.

Hay algunos que viven en un limbo y no saben de tu existencia. Otros te tienen todos los días de su vida al frente y por eso no valoran tu existencia. Pero yo soy de los que te venn como un invitado, de esos que al marcharse dejan sonrisas, aprendizaje, fe en uno mismo y, por sobre todo, trascendencia.

19 febrero 2009

Los Corleone chilensis me asustan

Godfather ó "El Padrino" es una gran película y un recomendable libro de Mario Puzo, un tipo que supo generar un arquetipo del mafioso italiano querible y hasta imitable. Y ahí está el problema...

Tres almas ligadas a mi entorno de trabajo tienen esta película entre sus favoritas, usan la música característica en sus celulares, cuelgan afiches en sus paredes y usan a "Vito Corleone" para nombrar sus mails, mascotas o lo que sea.

Por enésima vez vi esta película hace unos días (la uno genial, la dos angustiante y la tres predecible) y me di cuenta que muchos hablan de "vito", pero la mayoría actúa como Michael, su tercer y último hijo hombre. Un personaje que murió atormentado por los errores cometidos, por ser un tipo en esencia bueno que jugó a ser malo, y perdió.

¿Qué rescatable para el mundo generoso y comprensivo nos deja esta historia? Enseña el odio a la sociedad y un amor enfermizo a la familia. Deja a los seres humanos como trozos de carne utilizables para fines personales y transforma la lealtad en una acción motivada por el miedo.

Me preocupa que adoren a este tipo de personajes o que justifiquen ciertas acciones y gran parte de su discurso, pues ya sea el padre, el hijo o toda la familia Corleone, son prisioneros de una conducta hermética, segmentada por la sangre y que usa la venganza para enseñar a respetar.

Hoy y por algún tiempo, me asusta escuchar que alguien comulga en su vida personal con algo de esta historia.

Me preocupa que estas 3 personas ligadas a mi mundo laboral elevan "El padrino", a "Vito", a los "Corleone" y a todos los personajes de esta historia a un status que habla de ellos mismos y de su forma de comprender la vida, y quizá por ahí puedo comprender las nocivas conductas empresariales y profesionales adoptadas en el último tiempo.

Me asustan, en serio. Cualquier día de estos podrían generar un ardid para que algo me pase sin que ellos se vean involucrados... ¿por qué no? Si hasta caminan encorvados, son reservados y están adquiriendo gran poder social.

Insisto, me asustan...

25 enero 2009

Superleo


A veces (y afortunadamente cada vez más a menudo), siento que tengo la fuerza para detener los problemas, lo negativo... y así proteger a los míos. A veces (y afortunadamente cada vez más a menudo), me siento como un Superleo, con los poderes necesarios para cambiar el rumbo de algunas pequeñas cosas del hoy que serán las grandes cosas del mañana.