Escudriñando archivos perdidos en mi PC me encontré con uno de esos tontos escritos juveniles, creado el año 2003, llamado "Andrés el Grande". Tanta vigencia tiene, que me atrevo a compartirlo en este blog, para que perdure...
Cuando entré a Kinder, lo hice a un colegio municipalizado, de esos bien precarios donde cada curso supera los 50 alumnos y en cada recreo reparten leche con chocolate y galletas. Allí estuve hasta cuarto básico, momento en el cual mis padres decidieron aprovechar una oportunidad de la vida y pasarme a un colegio particular donde los Kreutzberger, Solís de Ovando y Cooper eran mayoría.
Pero el traspaso, debo reconocerlo fue traumático, ya que de un día para otro los compañeros pasaron de "ensuciar la chaleca con shocolate" a "dañar el Parker que me regaló papá". Mi trauma, en todo caso no iba por el lenguaje, sino por la distancia entre una persona como yo que representaba uno de los últimos vestigios de la clase media, con personas representantes de la elite nacional. ¿Vieron Machuca? Bueno, algo similar, con la salvedad que el protagonista de esta historia se llama Andrés, uno que había sido compañero en el anterior colegio y que llegó tres meses después al curso.
Para ese entonces yo ya estaba ambientado, sabía algunas frases en inglés y quizá por el apellido fui aceptado inmediatamente por mis compañeros. Pero en el caso de Andrés (que dicho sea de paso es sólo un nombre ficticio para proteger la identidad del verdadero) todo fue muy distinto, ya que tanto físicamente como en otros aspectos del ser humano, él era lo que mis compañeros llamaban "chulo", "rasca" y "ordinario". Por causas antes descritas yo era su único amigo, pero aún así cedí mil veces a la tentación de molestarlo con los mismos sobrenombres que le habían inventado mis amigos, tales como "labios de poto" o "negro malaria".
Y así transcurrió toda mi escolaridad y la de Andrés, jugando a ser amigos siempre y cuando el resto de mis compañeros no me presionaran para sumarme a la indiferencia. Por suerte él era tan grande como persona que nunca mostró rencor, muy por el contrario, trató de entender mi debilidad y cada vez más pudo tomarse una que otra revancha. Bien merecidas, por lo demás...
Al egresar del colegio yo ingresé inmediatamente a la universidad y él a un instituto. Tras dos años de conversar esporádicamente por teléfono, supe que las dos personas con que vivía y que lo habían criado desde pequeño habían muerto, dejándolo literalmente "solo por la vida". Los años siguientes nos acercaron bastante, pero siempre con realidades muy diferentes: mientras él buscaba trabajo yo ya tenía el mío; mientras él se enamoraba de alguien que no lo tomaba en cuenta yo pasaba de polola en polola; mientras él soñaba con pagar sus deudas yo ya tenía mi primer celular.
Internamente siempre valoré a Andrés. Sabía que era una persona mucho más íntegra que muchos con los que me relacionaba, que todo le era difícil pero aún así era capaz de sonreír y seguir adelante, que me consideraba su amigo aún cuando en varias oportunidades quedamos de juntarnos y nunca llegué. Me avergüenza todo esto, pero contarlo acá es en cierto modo un mea culpa, una herida, una cuanta pendiente que hace unos días pude saldar.
Atribulado con preocupaciones salí a caminar y me topé con su departamento, el mismo de toda una vida y única herencia que jamás estuvo dispuesto a dilapidar pese a las necesidades vividas. Toqué el timbre. El propio Andrés me abrió la puerta y, con sincera alegría, me abrazó y me sentó en la misma mesa donde años atrás hacíamos juntos las tareas. Junto a una cerveza me contó que trabajaba "por poco sueldo pero seguro", que pensaba "estudiar el próximo año" y que sabía perfectamente de la existencia de DiarioPyme y, por ende, de mi realización profesional.
Pero lo que más me sorprendió fue cuando me contó que se casaba. "Llevo cuatro años con ella, estamos enamorados y nos vamos a casar la próxima semana. Tienes que ir". Cuando bien avanzada la noche nos despedimos, celebré que la vida por fin se cuadrara de parte de Andrés y que él me diese el privilegio de estar presente en su matrimonio. Admiro a este guerrero, a este luchador incansable que no sólo evitó bajar los brazos ante los problemas, pues además me enseñó que a pesar de todo la felicidad puede estar a la vuelta de la esquina. El secreto es no claudicar.
24 octubre 2008
23 septiembre 2008
Una nueva etapa comienza
Tras casi 12.500 días de soltería, vivo los últimos minutos antes de transformarme en un "hombre casado". Solo hay sentimientos de paz, amor y la tremenda seguridad de estar con una mujer maravillosa. Definitivamente soy un tipo afortunado que algo muy bueno hizo en su vida pasada... no tengo más explicaciones para tanta dicha. Gracias mamá, amigos, familia y Dios por quererme tanto. Gracias mi amor por todo lo que me das. Gracias universo... gracias absolutas!!!!!!!
22 septiembre 2008
Cucarachas en el café Havanna - WAKALA!
Quizá por mi deformación periodística o quizá por la sencilla razón de no querer que a alguno de ustedes o de sus hijos les pase, les cuento que hoy a las 13:45 de la tarde, mientras terminaba un entretenido fin de semana largo diciochero, conocí lo que era el ASCO.
En plena tarde de compras por el APUMANQUE, decidí hacer más placentera la espera tomando un Café del Havanna, el que pedí "para llevar" mientras vitrineaba junto a mi novia. Al terminarlo, miré el fondo y me encontré con una barata... ¡SI! ¡Una CUCARACHA con antenas, patas y todo eso!!!!¡Qué asco! Me dirigí inmediatamente al local a exigir explicaciones pero no se encontraba el encargado del local, por lo que sólo me ofrecieron la devolución del dinero ($2.000 por un café-avellana).

Estampé un reclamo en la administración del Apumanque y mañana me dirigo al SESMA, pues esto no puede quedar así. Les agradeceré que me ayuden a dar a conocer esta situación entre sus conocidos, pues gracias a Internet me imagino que algo más que un reclamo formal se puede hacer.
A los colegas periodistas, por favor dar a conocer esta asquerosa experiencia. Y al resto, por favor no vayan al Havanna, pues no puede ser que en un café con ese prestigio internacional (¡y con los tremendos precios que cobran!), ocurra esto.
12 agosto 2008
Fuerza de voluntad
Peso 73 kilos, pero un cuarto se lo lleva mi estómago. Para mi las olimpiadas están más lejos que Beijing y adoro las hamburguesas con queso. Pero quiero cambiar y confío en mi fuerza de voluntad.
Hace unos días, por motivos laborales, me tocó entrevistar a Érika Zamorano en la Ciudad Deportiva de su hermano Iván. Si bien la conversación se centró en las características familiares que han llevado a todos los "Zamorano Zamora" y al resto de los integrantes a emprender con fuerza y éxito, no pudimos evitar reparar en la importancia del deporte.
La última vez que jugué una "pichanga" fue el año pasado y mi mejor jugada fue atajar un remate dirigido a un desprotegido arco con mi rostro. Cero goles, pocos pases y miles de caídas fue el recuento final de esta incursión deportiva. Diez años antes al menos hacía goles de rebote, entregaba "en bandeja" otros cuantos para que el delantero de turno sólo empujara la pelota a la red y, por cierto, tapé penales en épicos partidos de dos horas.
3.650 son los días que me separan de ese estado físico envidiable, cuando podía caminar todo el día, jugar un partido por la noche, trotar por la mañana, salir con los amigos hasta la madrugada del sábado y aparecer temprano por la casa de mi madre a compartir un domingo familiar. Hoy me resulta imposible ir al estadio como espectador.
Vuelvo a lo de Érika. ¿Cómo hago deporte si apenas da el tiempo para organizar una vuelta en bicicleta con los sobrinos? Ella me comentaba que más que hacer "deporte", lo que se requiere es una actitud positiva hacia el ejercicio físico, que el tenis o el fútbol no son los únicos caminos para "mover el cuerpo", y seguido a eso me dio algunos consejos: Camina todos los días al lugar de tu trabajo, o bien, al menos unas cuadras; organiza mensualmente una actividad familiar al aire libre; ejercita al despertar y antes de dormir tus brazos, piernas y cuello.
Pero el consejo más llamativo vino después, cuando le comenté a un gordo amigo la decadencia física en que estábamos: "cambia tus hábitos de alimentación", me dijo mientras mordía un lomito italiano de la Fuente Alemana.
Me di toda esta vuelta del deporte, Érika Zamorano y la ironía de mi amigo, para comentar en este blog lo difícil que resulta renovar mi fuerza de voluntad. "La voluntad mueve montañas" es mi frase interpretativa del conocido pasaje bíblico. Confieso creer además que Mahoma no trajo las montañas hasta sus pies, si no que tuvo esa fuerza de voluntad para ir a ellas, por lejos que se encuentren.
Y en mi vida la voluntad siempre ha sido factor de cambio. Sólo por voluntad impulsé la creación de DiarioPyme, misma voluntad que en vez de multiplicar panes me permitió multiplicar fórmulas para contar siempre con los recursos necesarios para seguir con mi emprendimiento, a pesar de todo. Yo TENGO voluntad, pero lo había olvidado.
Desde hoy, he decidido echar mano a esa voluntad para aplicarla en mi cuidado físico, pues estoy conciente que ello llevará a un mejor estado mental. Y, quién sabe, muy pronto me encuentre como hace diez años corriendo junto a una pelota de fútbol, bicicleteando hacia la virgen del Cerro San Cristóbal o trotándo por el Forestal.
Es cosa de voluntad.
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01 agosto 2008
¿Meyer? ¡Presente!
La última vez que vi a más de 3 compañeros de colegio juntos fue el mismo año en que egresamos, en 1990. Desde esa fecha nunca más tuve contacto con ellos, excepto por Pedro (amigo de infancia). Tuvieron que pasar 18 años para que volviera a reencontarlos y, sin querer pero queriendo, asumí la labor de coordinar el juntarnos en torno a una cena en un restaurant de Providencia.
Gracias a Facebook, primero tomé contacto con Claudia y Karen, a los que rápidamente se sumaron el propio Pedro, todos quienes le avisaron a sus contactos y éstos a los otros y así... la bola de nieve creció hasta tener a 15 invitados de los cuales sólo fallaron dos.
¿Mala suerte el 13? Esta vez no. Fuimos trece los que físicamente llegamos a reunirnos tras casi dos décadas sin compartir como lo hacíamos en una sala de clases, en los tiempos en que las niñas se formaban como mujeres y los chicos en hombres.
La ansiedad me llevó a organizar la reunión y, por lo mismo, fui el primero en llegar. A las nueve en punto llegó Valeria, luego Marcos y con él Guillermo. Rodrigo Penjean se asomó quince minutos más tarde, junto a Pablo. No terminábamos de saludarnos cuando hizo su entrada Rodrigo Daie con la mitad de masa corporal que lo recordábamos. Luego llegó Justa y casi de inmediato Francisco y Carolina. Ya habíamos pedido la comida cuando hizo su entrada Claudia, apenas 5 minutos antes que Karen y en seguida Pedro.
Los trece comensales se daban cita con la historia escolar que, personalmente, jamás pensé que algún día pudiese ocurrir. Y ocurrió. Ahí estábamos el grupo completo a metros del colegio que nos vio crecer, recordando aventuras y reconociéndonos tras varios años incomunicados.
La familia de la mayoría fueron los protagonistas. Las fotos de sus esposos, esposas, hijos e hijas se mostraban con orgullo. Otros preferían revivir historias y aventuras de la época escolar y, los más audaces, optaron por contar todo lo que ocurrío en sus vidas entre los años 1990 y 2008.
Y ahí estaba yo, en medio de todos, entendiendo que el tiempo no pasa en vano y que todo a la larga es cíclico. Fueron 5 horas en las que me sentí otra vez un quinceañero, un niño, un pedazo más del grupo humano que de ocho de la mañana a dos de la tarde compartía entre lunes y viernes la aventura de crecer. Parecíamos trece, pero nuestras historias y recuerdos sumaron a más de treinta. Nadie quizo dejar a nadie fuera y hasta el más anónimo de los compañeros de curso cobró relevancia en nuestra conversación.
Casi no nos dimos cuenta del paso del tiempo, el mismo que nos alejó por años. Nos dieron las 2 de la mañana y el grupo restante decidió que ya era hora de partir. Nos despedimos fijando una nueva reunión en octubre y nos dimos abrazos sinceros y cariñosos, con promesas de mantener el contacto.
Faltan minutos para las 3 de la madrugada y afuera llueve copiosamente. Dicen que el agua sana heridas y limpia el pasado. Y esta vez el ayer se hizo presente y trece almas se reencontraron con las historias del resto. Ya nos separamos y mientras una maneja en su automóvil al hogar, el otro abre la puerta y besa a su hija. Y quizá otros llegan a un espacio vacío con la misma sensación que tenía cuando llegaban cansados del Colegio.
¿Y yo? Antes de dormir decidí escribir estas palabras sinceras y emotivas, para plasmar en mi bitácora virtual un pedazo del pasado que se hizo presente al juntar 13 partes de una época inolvidable.
Otro círculo de mi vida se cierra. Esa imagen borrosa de personas hoy vuelven a tener rostros, voz y sentido. Y yo, vuelvo a ser parte de ellos.
Afuera llueve cada vez más fuerte...
Gracias a Facebook, primero tomé contacto con Claudia y Karen, a los que rápidamente se sumaron el propio Pedro, todos quienes le avisaron a sus contactos y éstos a los otros y así... la bola de nieve creció hasta tener a 15 invitados de los cuales sólo fallaron dos.
¿Mala suerte el 13? Esta vez no. Fuimos trece los que físicamente llegamos a reunirnos tras casi dos décadas sin compartir como lo hacíamos en una sala de clases, en los tiempos en que las niñas se formaban como mujeres y los chicos en hombres.
La ansiedad me llevó a organizar la reunión y, por lo mismo, fui el primero en llegar. A las nueve en punto llegó Valeria, luego Marcos y con él Guillermo. Rodrigo Penjean se asomó quince minutos más tarde, junto a Pablo. No terminábamos de saludarnos cuando hizo su entrada Rodrigo Daie con la mitad de masa corporal que lo recordábamos. Luego llegó Justa y casi de inmediato Francisco y Carolina. Ya habíamos pedido la comida cuando hizo su entrada Claudia, apenas 5 minutos antes que Karen y en seguida Pedro.
Los trece comensales se daban cita con la historia escolar que, personalmente, jamás pensé que algún día pudiese ocurrir. Y ocurrió. Ahí estábamos el grupo completo a metros del colegio que nos vio crecer, recordando aventuras y reconociéndonos tras varios años incomunicados.
La familia de la mayoría fueron los protagonistas. Las fotos de sus esposos, esposas, hijos e hijas se mostraban con orgullo. Otros preferían revivir historias y aventuras de la época escolar y, los más audaces, optaron por contar todo lo que ocurrío en sus vidas entre los años 1990 y 2008.
Y ahí estaba yo, en medio de todos, entendiendo que el tiempo no pasa en vano y que todo a la larga es cíclico. Fueron 5 horas en las que me sentí otra vez un quinceañero, un niño, un pedazo más del grupo humano que de ocho de la mañana a dos de la tarde compartía entre lunes y viernes la aventura de crecer. Parecíamos trece, pero nuestras historias y recuerdos sumaron a más de treinta. Nadie quizo dejar a nadie fuera y hasta el más anónimo de los compañeros de curso cobró relevancia en nuestra conversación.
Casi no nos dimos cuenta del paso del tiempo, el mismo que nos alejó por años. Nos dieron las 2 de la mañana y el grupo restante decidió que ya era hora de partir. Nos despedimos fijando una nueva reunión en octubre y nos dimos abrazos sinceros y cariñosos, con promesas de mantener el contacto.
Faltan minutos para las 3 de la madrugada y afuera llueve copiosamente. Dicen que el agua sana heridas y limpia el pasado. Y esta vez el ayer se hizo presente y trece almas se reencontraron con las historias del resto. Ya nos separamos y mientras una maneja en su automóvil al hogar, el otro abre la puerta y besa a su hija. Y quizá otros llegan a un espacio vacío con la misma sensación que tenía cuando llegaban cansados del Colegio.
¿Y yo? Antes de dormir decidí escribir estas palabras sinceras y emotivas, para plasmar en mi bitácora virtual un pedazo del pasado que se hizo presente al juntar 13 partes de una época inolvidable.
Otro círculo de mi vida se cierra. Esa imagen borrosa de personas hoy vuelven a tener rostros, voz y sentido. Y yo, vuelvo a ser parte de ellos.
Afuera llueve cada vez más fuerte...
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