16 diciembre 2008

Dos mil ocho

Hace tiempo no miraba el amanecer en Santiago. Hoy, sin razón, a las 4 se fue el sueño y no contuve las ganas de navegar sin razón, por correos antiguos y olvidados, por sitios web antes comunes y hoy casi abandonados.

Los intereses cambian, pero un breve repaso por el ayer hace recordar lo que uno fue y entender quien es uno hoy. Avanzar es bueno, pero sólo se comprende el presente cuando se echa mano al pasado. Así, el futuro es mucho más abordable.

Se va el 2008, quedan menos de 15 días. Este año me casé y un hijo se engendra en el vientre de Pamela. Perdí amigos y gané hermanos. Una empresa se escapó y la otra maduró. El 2007 aseguré que este año sería mejor y la verdad es que así fue, pero como toda batalla hay vencidos y vencedores.

A veces el obligatorio avance del tiempo, de la vida misma, agota y alegra tanto que cuesta seguir el ritmo. Tan alto que da miedo caer, tan bajo que dan fuerzas para subir. Tan afuera que da gusto entrar. Tan encerrado que se disfruta salir. Tan allá que se valora cuando uno estaba acá. Tan aquí que de pronto dan deseos de estar un buen rato allá.

Cada vez estoy más conforme de lo que soy, lo que tengo y lo que hago. Cada día me importa menos lo que no pude hacer, lo que no puedo tener y el tipo de persona que no logro ser. Despierto más cercano a mi esencia, transito por el día acompañado de mis pensamientos y llego a la noche en paz con mi conciencia.

A diferencia de otros años, este se lleva un "estado" por última vez: la individualidad.

Viene un llanto en camino. Una sonrisa inocente. Un beso fácil. Un abrazo sincero. Los ojos de mis ojos. Una materialización del amor.

Ya amaneció.

08 diciembre 2008

Ya pasó...

...no fue tanto. La vida a uno lo endurece. El tiempo sana.
Las personas buenas merecen pura felicidad.

16 noviembre 2008

El Diaporama

Diaporama Leonardo y Pamela on Vimeo.

No sé si la historia resumida de nuestras vidas, contada hasta el momento
de llegar al altar, merece mayor presentación.

¡Se casó el Leo Meyer!


¿Se acuerdan hace tres años (¡3 años! cómo vuela el tiempo...) cuando confesé que era un "hombre casado"?
Bueno, esta historia es similar pero con todas las de la Ley...

El 23 de septiembre pasado, misma fecha en que mi viejo hubiese estado de cumpleaños, me casé por el civil con Pamela. Planificamos todo con tres meses de anticipación y a pesar de no tener todas las segurudades que normalmente deben yomar las parejas que deciden casarse, lo hicimos igual, convencidos en que era nuestro momento.

Nada nos apuraba a estar juntos, excepto el deseo de querer estarlo, de comenzar una vida como "marido y mujer" para luego formar familia. A propósito, nuestras familias estuvieron felices con la noticia y recibimos todo el apoyo necesario para llevar a cabo esto, en especial mi madre, que tuvo uno de los días más maravilloso de su vida.

Tras el civil, el viernes 3 de octubre a eso de las 21:00 horas dijimos "acepto" ante Dios y unas cien personas que nos acompañaban, en mi parroquia de siempre, la Divina Providencia. Todavía tengo el momento en que Pamela entra con su vestido de novia, cuando la besé, y cuando la familia y los amigos nos felicitaron.

La fiesta fue en CasaBosque (
www.timeup.cl/leonardoypamela) y hasta allá llegaron los rostros de toda una vida, los viejos cracks, las ídolas y todos los actores de una historia de más de 35 años en cartelera. Comimos, bailamos, reímos, recordamos y celebramos.

Mi felicidad era absoluta. Me sentí querido, protegido y acompañado. Comprobé que para mi círculo más cercano, Pamela ya era una integrante y no una invitada más. Me alegró estar con césar y Tatiana, los padres de mi ahijada Almendra y amigo de mil viajes. Estar con Carlos, ese niño loco que no conoce límites para dar su amistad a los que aprecia.

Me emocionó ver al Pedro y su señora, ese compañero de colegio de kinder que siempre tiene un abrazo cariñoso para entregar, igual como el que tuvo la Marinita - su tía que falleció-, cuando me quedaba en su casa porque mi mamá tenía que trabajar.

La celebración tuvo momentos típicos como el vals, el brindis, las fotos... pero lo que queda es la imagen de todos mis hermanos celebrando el matrimonio del último hermano soltero, junto a sus hijos, como si se tratara de un traspaso generacional de los "Meyer".

Ahí estaba también Flavio y Natalia Cappellani, los mendocinos que ya son parte de la familia, que vinieron con sus padres, Roberto y Norma. Con ellos sentí que un círculo se cerraba... Roberto, que siempre me ha evocado recuerdos de mi padre, fue el padrino de mi matrimonio junto con Miguel Saavedra.

Podría contar mil detalles de ese momento. Me parece injusto dejar tantos nombres de amigos fuera de esta resumida lista, pero igualmente no podría transmitir ni el 1% de todas las emociones vividas. Prefiero mirar al futuro, construir día a día esta promesa de amor eterno manteniendo siempre cerca a mis amigos, mi entorno familiar y a las personas que completan mi vida laboral.

Así fue como ocurrió otro evento más de este "Ciudadano llamado Leo Meyer". Y más que aislarse o decir "misión cumplida", a siete semanas de la boda, confieso que estoy prendido con la vida, con deseos de vivir esta etapa con Pamela tal como lo hacíamos siendo pololos, armando un entorno cálido para la llegada de los hijos.

Se viene el verano y la temperatura aumenta. Los medios no se cansan de hablar de la crisis económica mundial y la gente está asustada. Ganó Obama en Estados Unidos, murió un compañero de Magíster de cáncer y tengo que buescar cómo dejar mi sociedad con Rodrigo Bon con las manos vacías, en silencio y pagando el más alto precio que jamás había pagado por errores no intencionados... pero errores al fin.

En tanto, Pamela se despierta. Prepararemos arroz con carne para almorzar.

24 octubre 2008

Andrés "El Grande"

Escudriñando archivos perdidos en mi PC me encontré con uno de esos tontos escritos juveniles, creado el año 2003, llamado "Andrés el Grande". Tanta vigencia tiene, que me atrevo a compartirlo en este blog, para que perdure...

Cuando entré a Kinder, lo hice a un colegio municipalizado, de esos bien precarios donde cada curso supera los 50 alumnos y en cada recreo reparten leche con chocolate y galletas. Allí estuve hasta cuarto básico, momento en el cual mis padres decidieron aprovechar una oportunidad de la vida y pasarme a un colegio particular donde los Kreutzberger, Solís de Ovando y Cooper eran mayoría.

Pero el traspaso, debo reconocerlo fue traumático, ya que de un día para otro los compañeros pasaron de "ensuciar la chaleca con shocolate" a "dañar el Parker que me regaló papá". Mi trauma, en todo caso no iba por el lenguaje, sino por la distancia entre una persona como yo que representaba uno de los últimos vestigios de la clase media, con personas representantes de la elite nacional. ¿Vieron Machuca? Bueno, algo similar, con la salvedad que el protagonista de esta historia se llama Andrés, uno que había sido compañero en el anterior colegio y que llegó tres meses después al curso.

Para ese entonces yo ya estaba ambientado, sabía algunas frases en inglés y quizá por el apellido fui aceptado inmediatamente por mis compañeros. Pero en el caso de Andrés (que dicho sea de paso es sólo un nombre ficticio para proteger la identidad del verdadero) todo fue muy distinto, ya que tanto físicamente como en otros aspectos del ser humano, él era lo que mis compañeros llamaban "chulo", "rasca" y "ordinario". Por causas antes descritas yo era su único amigo, pero aún así cedí mil veces a la tentación de molestarlo con los mismos sobrenombres que le habían inventado mis amigos, tales como "labios de poto" o "negro malaria".

Y así transcurrió toda mi escolaridad y la de Andrés, jugando a ser amigos siempre y cuando el resto de mis compañeros no me presionaran para sumarme a la indiferencia. Por suerte él era tan grande como persona que nunca mostró rencor, muy por el contrario, trató de entender mi debilidad y cada vez más pudo tomarse una que otra revancha. Bien merecidas, por lo demás...

Al egresar del colegio yo ingresé inmediatamente a la universidad y él a un instituto. Tras dos años de conversar esporádicamente por teléfono, supe que las dos personas con que vivía y que lo habían criado desde pequeño habían muerto, dejándolo literalmente "solo por la vida". Los años siguientes nos acercaron bastante, pero siempre con realidades muy diferentes: mientras él buscaba trabajo yo ya tenía el mío; mientras él se enamoraba de alguien que no lo tomaba en cuenta yo pasaba de polola en polola; mientras él soñaba con pagar sus deudas yo ya tenía mi primer celular.

Internamente siempre valoré a Andrés. Sabía que era una persona mucho más íntegra que muchos con los que me relacionaba, que todo le era difícil pero aún así era capaz de sonreír y seguir adelante, que me consideraba su amigo aún cuando en varias oportunidades quedamos de juntarnos y nunca llegué. Me avergüenza todo esto, pero contarlo acá es en cierto modo un mea culpa, una herida, una cuanta pendiente que hace unos días pude saldar.

Atribulado con preocupaciones salí a caminar y me topé con su departamento, el mismo de toda una vida y única herencia que jamás estuvo dispuesto a dilapidar pese a las necesidades vividas. Toqué el timbre. El propio Andrés me abrió la puerta y, con sincera alegría, me abrazó y me sentó en la misma mesa donde años atrás hacíamos juntos las tareas. Junto a una cerveza me contó que trabajaba "por poco sueldo pero seguro", que pensaba "estudiar el próximo año" y que sabía perfectamente de la existencia de DiarioPyme y, por ende, de mi realización profesional.

Pero lo que más me sorprendió fue cuando me contó que se casaba. "Llevo cuatro años con ella, estamos enamorados y nos vamos a casar la próxima semana. Tienes que ir". Cuando bien avanzada la noche nos despedimos, celebré que la vida por fin se cuadrara de parte de Andrés y que él me diese el privilegio de estar presente en su matrimonio. Admiro a este guerrero, a este luchador incansable que no sólo evitó bajar los brazos ante los problemas, pues además me enseñó que a pesar de todo la felicidad puede estar a la vuelta de la esquina. El secreto es no claudicar.